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La actualidad de nuestra parroquia |
martes 27 de mayo de 2008 |
Pg. actualizada a las: 07:24 |
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Homilía del Papa |
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DOMINGO 9-A DEL TIEMPO ORDINARIO
No he hallado Homilía ni
Ángelus
alusivos a este domingo.
En la primera lectura Moisés dice al pueblo:
«Hoy os pongo delante bendición y maldición:
la bendición si
cumplís
los mandamientos del Señor
vuestro Dios» (Dt 11, 26-27). Y en el Evangelio afirma Jesús: «No
todo el que me diga: ¡Señor, Señor!,
entrará en el
reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre» (Mt 7,
21).
Cf Juan Pablo II, Audiencias generales:
<24-8-1988:
Jesús,
modelo de vida filial orientada al Padre.
<24-3-1999:
El amor generoso y providente del Padre.
<20-6-1979:
El misterio del Corazón de Jesús.
«No todo el que me
diga: Señor,
Señor...»
El amor exigente del
Padre
Juan Pablo II, Audiencia general 7-4-1999
1. El amor que Dios Padre siente por nosotros no puede
dejarnos indiferentes; más aún,
nos exige corresponder a
él
con un compromiso constante de amor. Este compromiso cobra un
significado cada vez más
profundo cuanto más
nos acercamos a Jesús,
que vive plenamente en comunión
con el Padre, convirtiéndose
en nuestro modelo.
En el marco cultural del Antiguo Testamento, la autoridad
del padre es absoluta, y se la considera un punto de referencia para
describir la autoridad de Dios creador, a quien no es lícito
contradecir. En el libro del profeta Isaías se
lee: «¡Ay del que dice a su padre!: "¿Qué has
engendrado?", y a su madre: "¿Qué has dado a
luz?". Así
dice el Señor, el
Santo de Israel, que lo ha modelado: "¿Vais a pedirme señales
acerca de mis hijos y a darme
órdenes
acerca de la obra de mis manos?"» (Is 45, 10 s).
Un padre también tiene la tarea
de guiar a su hijo, reprendiéndolo con
severidad, si fuera necesario. El libro de los Proverbios recuerda que
esto vale también
para Dios: «El Señor
reprende a aquel que ama, como un padre al hijo querido» (Pr 3, 12; cf
Sal 103, 13). Por su parte, el profeta Malaquías
testimonia el afecto y la compasión que Dios siente
por sus hijos (cf Ml 3, 17), pero se trata siempre de un amor exigente:
«Acordaos de la ley de Moisés, mi siervo, a
quien yo prescribí en el Horeb
preceptos y normas para todo Israel» (Ml 3, 22).
2. La ley que Dios da a su pueblo no es un peso impuesto
por un amo despótico;
es la expresión del
amor paterno, que indica el sendero recto de la conducta humana y la
condición
para heredar las promesas divinas.
Éste
es el sentido de la prescripción
del Deuteronomio: «Guarda los mandamientos del Señor
tu Dios, siguiendo sus caminos y temiéndole,
pues el Señor tu
Dios te conduce a una tierra buena» (Dt 8, 6-7).
La ley, al sancionar la alianza entre Dios y los hijos de
Israel, está
dictada por el amor. Sin embargo, su transgresión
tiene consecuencias dolorosas, aunque se rigen siempre por la lógica del amor,
porque obligan al hombre a tomar conciencia saludable de una dimensión
constitutiva de su ser. «Al descubrir la grandeza del amor de Dios,
nuestro corazón se estremece
ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios
por el pecado y verse separado de
él» (Catecismo de
Si el hombre se separa de su Creador, cae necesariamente
en el mal, en la muerte, en la nada. Por el contrario, la adhesión
a Dios es fuente de vida y bendición.
Es lo que subraya el mismo libro del Deuteronomio: «Mira, yo pongo hoy
ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los
mandamientos del Señor tu
Dios que yo te prescribo hoy, si amas al Señor tu
Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y
normas, vivirás
y te multiplicarás; el
Señor
tu Dios te bendecirá en la
tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión» (Dt
30, 15 s).
3. Jesús
no vino a abolir
Jesús
enseña que
el precepto del amor es el centro de
Con Jesús
se produce un salto de calidad:
él
sintetiza
4. Jesús,
al mismo tiempo que anuncia el amor del Padre, nunca deja de recordar
que se trata de un amor exigente. Este rasgo del rostro de Dios se
aprecia en toda la vida de Jesús.
Su «alimento» consiste en hacer la voluntad del que lo envió
(cf Jn 4, 34). Precisamente porque no busca su voluntad, sino la
voluntad del Padre que lo envió
al mundo, su juicio es justo (cf Jn 5, 30). Por eso, el Padre da
testimonio de
él (cf Jn 5, 37),
y también
las Escrituras (cf Jn 5, 39).
Sobre todo las obras que realiza en nombre del Padre
garantizan que fue enviado por
él (cf Jn 5, 36;
10, 25. 37-38). Entre ellas, la más importante es
la de dar su vida, como el Padre se lo ha ordenado: esta entrega es
precisamente la razón por la que el
Padre lo ama (cf Jn 10, 17-18) y el signo de que
él ama
al Padre (cf Jn 14, 31).
Si ya la ley del Deuteronomio era camino y garantía
de vida, la ley del Nuevo Testamento lo es de modo inédito
y paradójico,
expresándose
en el mandamiento de amar a los hermanos hasta dar la vida por ellos (cf
Jn 15, 12-13).
El «mandamiento nuevo» del amor, como recuerda san Juan
Crisóstomo,
tiene su razón
última
de ser en el amor divino: «No podéis
llamar padre vuestro al Dios de toda bondad, si vuestro corazón
es cruel e inhumano, pues en ese caso ya no tenéis
la impronta de la bondad del Padre celestial» (Hom. in illud «Angusta
est porta»: PG 51, 44B).
Desde esta perspectiva, hay a la vez continuidad y
superación:
Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa O.C.D.
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